Creí llegada la etapa en que mis cabezas bienpensantes (la de arriba y la de abajo) cederían espacio a una larga lista de cuerpos bonitos. El puñetero mundo de las citas, ese encuentro tan popular en las pelis en el que uno busca y con un poco de mala suerte encuentra algo más. Me tiré de cabeza (nunca mejor dicho) para poner seriedad en esto de las relaciones y me arrastró la corriente.
Quise cerrar uno de mis sentidos, el de la vista y el encanto por lo bonito hasta autoconvencerme de que hay otros encantos, quizá ocultos, donde sólo hay que rascar un poquito para llenarse de ellos. Pero no, mi teoría se ha venido abajo y me he cobrado lo que sólo una palabra puede resumir: auténtico-fracaso, y es que ese tsunami ha logrado arrastrar hasta mi siempre presente buen humor.

En el restaurante convenido recién llegado a esa medio cita medio a ciegas, se repiten las pautas. Odio esa mirada de deseo en mí que se prolonga a lo largo de la conversación en la que flota un: ojalá lleguemos a compartir más de esa noche. Puedo leer incluso más allá en el otro, leer ese poso de fracasos que creen ocultar tras una sonrisa para agradar. Todo es perfecto en apariencia mientras yo lucho por encontrar lo más ínfimo que haga saltar ese resorte a la atracción, al deseo, al quizás esta vez sí.
Pero no funciona, y soy yo mismo el que replica esa sonrisa por agradar sabedor de que no habrá un otra vez, de que volveré a casa con el estómago lleno y mi corazón igual de vacío, y duele. Y mucho.
Al parecer sólo busco sufrir. Todo lo que buscan mis ojos es algo hermoso hasta el dolor…
De regreso del trabajo, descubro en la calle a un abuelo agarrando las pequeñas manos de su nieta mientras ella se queja de frío. Todo el abrigo de unas grandes manos rodea sus manitas para alejar esa sensación que nadie nos ha enseñado a combatir en soledad.
Para no ser menos mis orejas y mejillas se quejan de eso mismo, y gritan hasta ponerse rojas en busca de una imagen tan tierna como el roce (y calor) de una mano ajena sobre mi rostro.

Por supuesto, sueño despierto pero mi cabeza no se detiene ahí y ahora comienza a enumerar todo lo que va encontrando frío una vez llegado a casa: un sofá, una cama, qué diablos incluso toda una casa son elementos que con el frío se disfrutan de otra manera, y siempre mejor acompañados.
Qué tendrá el invierno que busca algo tan sencillo como el contacto con otro. Lo tengo comprobado, mi cama en verano no se siente de la misma manera que esta noche. Paso la mano por ese otro lado de la cama (el que siempre está vacío) y se hace más presente que nunca, la realidad. Que estoy solo, que ese otro lado esta frío…
Es la incapacidad para experimentar placer, la pérdida de interés o satisfacción en casi todas las actividades. Y es que placer continúa siendo esa palabra difícil de describir pero de la que todos tenemos recuerdo por haberla experimentado.
Hay distintos tipos de placer físico: el producido por el gusto (ciertamente se pueden llevar a la boca muchos tipos de cosas); el producido por el tacto (masaje, placer sexual en sus diversas manifestaciones,…); el placer auditivo (¿la música de lady gaga?), el visual (arte,…), el deportivo (y si no díganselo a mi vecino madridista)…
Alguien nos explica en su blog que sufre de un retardo de placer. “Cuando hago algo que me da placer solo soy consciente de esa felicidad después de haber vivido ese momento. Soy retardado de placer en todo. En todo menos en el sexo. Cuando me corro soy plenamente consciente de mi placer. Es el único momento…”.

Nos hemos convertido en una especie que busca el éxtasis exprés. No hemos acabado de disfrutar una cosa y ya estamos buscando la siguiente… Pasa (y mucho) en el mundo de las relaciones. Nos saciamos antes de empezar, y nos lanzamos a buscar más y más sin detenernos a saborear lo que teníamos entre manos… y a la larga sólo queda el vacío, el retardo en el placer, el recuerdo de lo que ya no está ni estará con nosotros.
Nos recuerda wikipedia que los griegos aconsejaban un placer moderado y consideraban un vicio pernicioso cualquier placer inmoderado. Algo tiene que haber para mí, y muchos otros, a medio camino entre el vicio, el morbo y despertar cada noche solo con poco más que un recuerdo entre las manos…
Hace una semana, tal que el 18 de octubre, celebré mi cumple. Sabemos también que en otro tiempo y para esa misma fecha se celebraba la fiesta romana de las Iuvenalia, en honor a la diosa de la juventud, instituida por Nerón.
A modo de curiosidad, conmemora su depositio barbae, es decir, la primera vez que se afeitó la barba. Una especie de fiesta de su mayoría de edad en la que un barbero, tonsor, cortaba con unas tijeras la primera barba que posteriormente se ofrecía a los dioses guardada en un cofrecillo. Podéis imaginar que la urna de Nerón contenía cuatro pelillos y no más…
Una semana después de entrar de lleno en la treintena me he encontrado con una novedad. Una cana que la mires por donde la mires siempre se deja ver y notar. La puñetera se dispara desde primera hora de la mañana e infructuosamente trato de dominarla pero aparece toda tiesa para que todos la puedan ver y disfrutar. Cansado de su impertinencia he decidido hacer mi propia ceremonia de llegada a la madurez, y cortar la cana (a ésta la han seguido dos o tres medio escondidas…). Como manda el rito las he guardado en una caja y las he ofrecido a la señora basura.

Nerón guardó su primera barba en un píxide de oro que depositó en Júpiter Capitolino (el mayor templo de Roma). Los más pobres se contentaban con dejarlo en algún cofre de vidrio o de otro material menos precioso. Con motivo de tal evento tanto ricos como pobres festejaban esta fecha solemne según sus medios con una gran fiesta a la que se invitaba a todos los amigos. Así que estoy pensando en que la ‘gran’ fiesta sea el próximo finde, eso sí dentro de mis limitados medios. Estáis tod@s invitados…