Everything but temptation

julio 18, 2010

La prueba del algodón: the marshmallow test

Filed under: vida — Etiquetas: , , , , , , — mytemptation @ 1:04 pm

Todos hemos practicado la típica quedada en la que se invita a alguien a ver una peli a solas cuando el propósito es otro bien distinto: atraer a alguien a tu terreno cuanto más próximo a tu cama o sofá mejor.

De no aguantar a que llegue tan siquiera el título de la peli dejaría a las claras lo que buscábamos, acción, y no precisamente en la pantalla. Vamos que somos de los que nos dejamos llevar por el típico calentón.

Aunque existe otra alternativa. La de la compañía de alguien más que agradable, su cercanía, el leve contacto con su piel acurrucados en un sofá, en una palabra el calor del otro durante una hora y pico. Es seguro que al final de la peli un simple beso sepa distinto, que nos sepa a mucho…

En los años sesenta un grupo de científicos hizo un experimento con niños de cuatro años. Se les presentaba una apetitosa golosina frente a sus narices junto al siguiente reto. ‘Te dejo a solas, si a mi vuelta (20 minutos) la golosina sigue ahí te premiaré con otra’. Lo que sucede durante esos veinte minutos lo podéis apreciar en el vídeo, sufrimiento.

Los científicos fueron más allá, y siguieron las vidas de los niños hasta la adolescencia para argumentar que aquéllos que supieron esperar demostraban mejor inteligencia emocional, mejores habilidades sociales, mayor tolerancia a la frustración… Vamos que el saber esperar tiene sus frutos y puede que diga mucho de nosotros mismos.

Parece que estamos olvidando eso de ‘saber esperar’ que vamos a lo mediato, a lo impulsivo. Que olvidamos que se puede disfrutar con lo sencillo. Yo mismo me puse a prueba el finde pasado. Esperé (y desperé) pero sin duda el beso con el que cerramos la peli fue de película, y también lo que hubo después…

diciembre 5, 2008

Relato: tubos fríos

Filed under: Relatos — Etiquetas: , , , , , , , , , , , — mytemptation @ 12:29 am

 

Llegué en taxi, no sé por qué lo hice pero quería estar allí a la hora, era el inicio de un negocio recompensado con unos buenos euros y quería estar presentable, también recuerdo que me había duchado y que había cambiado de gayumbos. Me había prometido no fumar ese día pero sin éxito, tuve que enjuagarme la boca de Listerine en la ducha para expiar mi culpa, lo hice por dos veces y ni sentía los labios desde entonces por la fuerza del producto, era mi penitencia.

La puerta de la clínica era esmerilada, había que empujar con fuerza, eso lo recordé de la primera vez pero no pudo ser a la primera pues me desinflé en un largo suspiro rememorando lo que me esperaba. A la segunda, tomé aire y entré con fuerza, con energía y con mi sempiterna sonrisa. En recepción había un joven, la otra vez fue una señorita. Me acerqué y dije que tenía una cita con la Dra.Alonso. El recepcionista ensanchó su sonrisa, me agradó pues logró rebajar mi tensión y le respondí con la mía, mostrando mis dientes, casi le echo el aliento para que comprobara cuán limpio estaba. Mientras él apuntaba algo con rotulador en una tarjeta observaba la decoración del lugar: ecléctica o, al menos, eso me lo parecía a mí, a ojos de un daltónico. Mi visión particular sólo iba de los grises al blanco y de vuelta al gris hasta llegar a algo oscuro, sabía que no era negro, era de lo poco que tenía claro respecto al tema. El recepcionista me aclaró: ‘Quedan unos minutos, aguarda en la sala que se abre a tu derecha’. Hice por iniciar un paso pero su voz me detuvo, ‘espera necesitarás esto’ deslizó la tarjeta sobre el mostrador, y cuando confundido la fui a tomar rozó las yemas de sus dedos con las mías, y sentí su calor por un prolongado instante y, aunque parezca extraño, me sirvió para rebajar, de nuevo, tensión.

mujer-manos-frio

Me acomodé en la silla más cercana a la puerta y desde allí el resto de las sillas me observaron, vacías como estaban. Tenía mono de cigarro a pesar de que aún no sentía mis labios que abrasaban a verdor salvaje, o algo así era lo que prometía la etiqueta del enjuague bucal. A falta de poder fumar, y sin saber cómo calmar mis nervios comencé a agitar lo que llevaba en mi mano compulsivamente, y de repente me fijé, hice por observar lo que había en la tarjeta, alcanzaba a leer el nombre de la clínica y a distinguir su logo pero nada más. Al parecer ese rotulador debía de ser rojo, aquél del que yo no lograba ver ni torta. Bonita manera de empezar, me dio por pensar, a saber lo qué coño pone aquí. Y de repente, la sonrisa que yo conocía asomó por la puerta, me atrevería a decir que de complicidad viéndome como estaba tratando de leer lo que ponía en la dichosa notita. ‘La doctora te espera’, me soltó.

Le seguí, señaló una puerta pero me quedé paralizado en el umbral. Un pequeño empujoncito por su parte me ‘ayudó’ a completar la entrada, sentí el calor de su mano sobre mi espalda, la presión sobre mis músculos. ‘Buenos días’, alcancé a decir. La doctora me esperaba con los documentos de los que ya habíamos hablado. En primer lugar estaba el test psicológico, que sobre una portada con mayúsculas anunciaba eso mismo junto a una frasecilla, tiempo máximo 20min. Más abajo estaba el contrato. El tiempo voló, al igual que mis repuestas y mi firma. Tras la rúbrica la doctora me dijo que Jorge me acompañaría a hacer el primer depósito. Intuía una ironía más del mundo de la banca que del banco de esperma, yo prefería llamarlo puesta, bueno paja o puesta, en fino.

Y ahí estaba él, de nuevo, su cara me resultaba cada vez más familiar, su sonrisa más cómplice. Me mostró la sala de puestas, quiero decir, de depósitos. Una butaca, poca luz y varias revistas sobre una mesilla. Sobre el asiento un tubito envuelto en plástico, vamos el continente ya sólo faltaba el contenido. Bueno, aquí estamos, dije para mí. Hala, al asunto, me bajé los pantalones y acomodé mi espalda en el amplio respaldo. Resultó sencillo, como me tenía ganas desde hacía cuatro días no tardé mucho en correrme, hasta me gustó, aunque por prudencia demoré el salir de la sala no fueran a pensar que era un eyaculador precoz de esos… qué horror. La doctora para mi sorpresa  esperaba fuera, tomó el ‘depósito’ y se alejó por el corredor. Yo me quedé quieto sin saber a dónde dirigirme y, de repente recordé ‘¿qué hago con la tarjeta?’ grité mientras la agitaba, ella se giró extrañada y encogió los hombros como si no supiera de lo que hablaba.

Me di la vuelta y tiré hacia la salida, tampoco había nadie en recepción. De mala gana cogí con energía la puerta y la abrí del tirón. Al tiempo pasaba un taxi y no tardé en hacerle una señal, me senté junto al conductor y le indiqué las señas. A los diez minutos estaba el coche a la puerta de casa, tras recibir el cambio me atreví a comentar ‘buen hombre, me podría leer lo que hay aquí escrito que no llevo las gafas…’. El taxista frunció el ceño, ‘qué te leo, el número de móvil…’ me pilló por sorpresa pero reaccioné rápidamente ‘no, no, ¿hay algo más? Aparte de los números…’. ‘Bueno, sí’ comentó el hombre, ‘salvo una palabra que no entiendo, la última: Llámame, te he reconocido y me atraes, y luego la palabreja’, tragué saliva ‘deletréemela’ le dije nervioso. Pues entonces es algo así como ‘llámame, te he reconocido y me atraes M-Y-T-E-M-P-T-A-T-I-O-N’.

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