Everything but temptation

noviembre 1, 2008

Noches para hacerse el dormido

Filed under: sexo, vida — Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , — mytemptation @ 7:09 pm

En la misma noche de Halloween me ha dado por pensar qué nos pasa a los humanos, por qué nos cuesta tanto quitarnos la máscara. Me explico, en los últimos días han surgido un par de conversaciones a cuenta de hacerse el dormido.

Primero fue _Blueyes_ con una historia sobre el deseo que, salvo opinión del autor en contra, acabó bien. La foto, una noche dos personas comparten cama, al parecer, una tiene hambre de sexo y el otro lo reconforta, mientras el primero se hace (aparentemente) el dormido el segundo actúa…

Historia número dos, anoche con un amigo. Me cuenta que casualmente acabó con uno de sus mejores amigos en la cama una noche de verano tras una borrachera. El amigo (aparentemente) hetero pues le da por rozar, no me atrevo a decir forzar, la situación con su miembro…

PERO QUE NOS PASA A TOD@S!!! Qué ha sido de nuestros modales, no es mejor decir ‘buenas noches, te apetece una paja…’ o qué tal ‘antes de que tengas dulces sueños un polvete aquí te pillo aquí te mato…’. Por favor, que las buenas formas cuentan.

Ya sea con modales o por morbo, desconozco qué nos pasa a veces. Que alguien me lo explique, por qué cargamos con esas pesadas máscaras (del deseo) todo el año si nuestra vida sería más sencilla liberados de ellas, y no sólo una noche como en los dos ejemplos anteriores…

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octubre 30, 2008

Relato (continuación): Porros

Filed under: Relatos — Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , — mytemptation @ 7:51 pm

Aunque ha habido alguien que me ha inspirado (Gracias!), desgraciadamente esta vez no puedo decir basado en hechos reales. Confío que os guste…

Había anochecido, el cambio de hora nos engañaba ya a media tarde. Recién salido de la ducha me dirigí al dormitorio, desnudo me observé, y perfilé una sonrisa. Me gustaba lo que veía, sabía que me quedaba algo por hacer pero me autoconvencí de que no sería necesario… Ni paja, ni ducha fría. Antes de lanzarme a la calle me volví a remirar en el espejo, mi sonrisa se había ensanchado, me atrevería a decir que mis dientes asomaban por detrás expectantes…

Habíamos quedado en un parque pero lo que mi presa desconocía era que estaba casi donde mi cama le esperaba ya. El saludo a la boca de metro fue frío, pero sólo hizo falta un instante para que todo cambiara. Retiró sin yo quererlo una gota de sudor de mi frente y sentí su calor humano. Nuestros ojos se cruzaron al tiempo que restregó sus dedos para deshacerse de mi carga. Y en ese momento mis poros se cerraron, contuvieron su torrente las hormonas y todo ascendió muy rápidamente a mi cabeza.

Recuperé mi raciocinio, lo sensato. Me recordé paseando con mi primera novia, la primera vez que juntamos nuestras manos, con curiosidad pero también con miedo. El temblor inicial para enlazar nuestros deditos, y recuerdo que apreté y apreté que sólo quería recordar ese instante de calor y sentimiento.

Pasé de sentir delirio a algo tan sencillo como el deseo de no apartarnos, de rozarnos toda la noche sin más que juntar nuestras manos. Y creo que mi acompañante también sintió ese calor, primero fue el roce al pasarme el mechero, o tal vez fuera la llama que le siguió. Y en el rincón más oscuro del parque, iluminados por un pequeño porro encendido comenzamos a hablar de la vida, de uno, de otro, de nosotros…. Los porros también ayudaron, nos liberamos, nos liberaron…. A lo más que osé esa noche fue a prolongar el roce de nuestros dedos al pasarnos el porro entre calada y calada, el mismo roce que cuando era crío. Bastó y fue suficiente, a la tarde le siguió la noche y a ésta la madrugada. Y helados de frío decidimos recogernos cada uno siguió su camino.

La despedida de lo más sencilla mi mano tomó la suya, a su apretón le siguió el mío. Por supuesto, los besos llegaron pero mucho más tarde y hubieron de aguardar el tiempo justo hasta que fueron sentidos. Sólo el amor sabe por qué los hizo esperar aún semanas, semanas de sentimiento, de manos, de calor sentido.

Lo más sorprendente, los espejos. Cómo cambiaron de actitud. Antes los miraba y devolvían eso mismo frío, ahora era verlos los dos juntos y devolvían sólo candor, su amor y el mío.

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