La noche nos despide a los dos sobre la cama. Unas ligeras caricias de buenas noches y poco más. Esta noche no habrá sexo. Lo sé por el frío de roce de su mano, hoy toca charlita.
Aprovecho la bandido de la oscuridad para deslizar mis dedos sobre la mesilla y alcanzar los tapones. Estoy acostumbrado, escupirá palabras durante un rato sin esperar respuestas. Un ligero sonido de mi garganta a modo de asentimiento le seguirá a cada una de sus frases. Hasta que su voz se vaya apagando, hasta que mis ronquidos se vayan encendiendo.

Desde que descubrí esta regla en la cama no faltan siempre unos tapones a mano en el dormitorio. Los dos liberamos tensión y no nos perjudicamos. El sueño comienza a inundar mi cuerpo pero, en ningún momento, olvido aportar mis ruiditos en esta extraña conversación.
De repente, algo cambia en vez de darme la espalda y callar me planta un beso en la boca, de lo más tierno que puedo recordar. Me temo lo peor y rápidamente despego el tapón de cera de mi oído. Sólo que oigo silencio.
Ahora soy yo el que me paso toda la noche en vela pensando en la que me habrá caído. He despertado la paz en la cama a cambio de haber dicho SÍ (más bien gruñido) a algo que ni sé lo que es… Cojones, menuda papeleta.








