Basado en hechos reales…
Pues habíamos quedado para probar nuevas experiencias, algo desconocido para mí y mi acompañante que llevaba por nombre hamam… Acababa de pasar a la acción estrenándose en eso de compartir piso, las garras de la familia parecían haber hecho mella y clamaba por un cambio. La solución aparentemente sencilla: pagar un alquiler al ladito de su casa de toda la vida. Mientras nos cambiábamos, la excitación se mezclaba en la conversación con las pequeñas peripecias de su nueva vida.
Un detalle nimio como haber comentado a su casera que necesitaría de las cuatro cosillas básicas de primeras curas había desembocado en un botellón (casi tipo litrona) de Betadine en la nueva casa. Echamos unas risas tratando de poner imagen a semejante betadinón, y es seguro que bromearíamos con la anécdota durante días.
A esa hora, el hamam ya estaba poco frecuentado. Contaba con las típicas parejas, también un trío de amigas, y alguien sólo, joven y de pelo moreno, quien, al principio, parecía temeroso de lo que hacer, de si le mirarían…Y sí, alguien le observaba.

Mientras, las aguas y vapores comenzaron a hacer su efecto, entre brumas comencé a tenerlo claro anhelaba conocer la nueva casa, la nueva habitación, la nueva cama… Y empecé a tirar del hilo a mi acompañante: ‘necesito betadine’, le solté. ‘¿Te pasa algo!’, me bastó mi sonrisa de oreja a oreja para darle respuesta. Creo que lo captó en seguida, en adelante las escasas frases que cruzamos contenían siempre la dichosa palabreja. Mas no lograba una respuesta clara…
Y me dio por mirar a quien había acudido solo, tenía ya relajados sus músculos, las facciones de su cara parecían más suaves, más perfectas. En mi interior sólo pensaba en betadine, confundido, por el momento, por las nuevas sensaciones… Si le sacaba el tema, ¿lograría hacerme entender?. Y es que necesitaba de alguien que sanara mi herida invisible ahora al descubierto. La magia del momento pareció romperse por un instante cuando el encargado voz en grito anunció el turno para el masaje.
No recuerdo más de esa noche, sólo que dormí en mi casa sin compañía, profundamente. Que me desperté con la cabeza tranquila pero con el pecho descubierto. Que un día más nadie había logrado calmar mi dolor. Me llevé la mano al pecho, me atrevería a decir que dolía, ahí muy cerquita, en el corazón…