He cambiado de estrategia, sólo una noche de sexo a la semana. Rechazo polvos exprés, evito las noches del aquí te pillo, aquí te mato…
Sé que repetiremos, que cuando digo una noche de sexo será toda una noche, hasta que el amanecer nos descubra entre sábanas. Pero hay más, los abrazos. Ésos a los que tan pronto me he acostumbrado. Ésos que nos unen más, que se prolongan durante horas. Ésos que me rasgan el corazón porque sé que no va a funcionar.

Él los buscó desde el primer minuto, porque le arroja pasión a lo más ínfimo, porque necesita del contacto con el otro, porque dormiría atado a mí durante horas. Me llena, me llena de sentimiento, de besos, de pasión. Pero en la medida en que me arrastra con sus brazos, con su cuerpo desnudo, arrastra mi corazoncito que también quiere su parte.
Mi corazón que tan dolorido se ha sentido este año, ése que tengo lleno de heridas aún sin cicatrizar ha latido de nuevo con fuerza con lo más sencillo: un abrazo… mientras mi fría cabeza trata de acallarlo sin éxito. Porque las historias se repetirán, porque desaparecerá de nuestras vidas, porque con esta puta mala suerte que tengo, todas mis historias acaban de la misma manera… Cosas que le pasan a este tonto enamoradizo.
No me había pasado nunca. Volvía de una cena, igual que hace dos semanas en un día cualquiera de diario. Yo conducía y mi acompañante aporreaba a fuerza de pulmón la canción del momento. Puede que el alcohol suavizara algo su voz en el estribillo ‘I got a feeling…’.
Hasta que llegó el semáforo en rojo y tuve que frenar bruscamente. Ni se inmutó, me cogió por mi cabellera y me plantó un beso con lengua. El vodka comenzó a fluir entre nosotros, me gustó y quise saborear largamente ese momento ante la luz en ya en verde. Al siguiente semáforo mostramos nuestra indiferencia más absoluta uno por el otro…
La larga avenida madrileña daría para juguetear a cuenta de los semáforos. Éste sí, éste no, éste me gusta, me lo como yo… A la puerta de su casa los dos sentimos la necesidad del sexo. Mi mano asió su cara con fuerza para que no nos despegáramos en ese nuestro último beso por esa noche. No hubo tiempo para más, uno a su casa y yo a seguir mi camino.

Hoy se ha vuelto a repetir, coche y noche. Cena en el centro. Risas, confidencias, charla distendida. Quizá menos alcohol. Y de nuevo al coche. De repente un frenazo ante el mismo semáforo de la otra vez.
A los dos se nos ha cruzado en el mismo instante idéntica idea, el beso… Transcurrieron los segundos y el momento pasó. Tal vez, no había morbo en el asunto. Tal vez, ninguno de los dos buscábamos compromisos… (Adiós posible pareja, adiós). No hubo tiempo para más, uno a su casa y yo a seguir mi camino. Fin de la historia.
La noche nos despide a los dos sobre la cama. Unas ligeras caricias de buenas noches y poco más. Esta noche no habrá sexo. Lo sé por el frío de roce de su mano, hoy toca charlita.
Aprovecho la bandido de la oscuridad para deslizar mis dedos sobre la mesilla y alcanzar los tapones. Estoy acostumbrado, escupirá palabras durante un rato sin esperar respuestas. Un ligero sonido de mi garganta a modo de asentimiento le seguirá a cada una de sus frases. Hasta que su voz se vaya apagando, hasta que mis ronquidos se vayan encendiendo.

Desde que descubrí esta regla en la cama no faltan siempre unos tapones a mano en el dormitorio. Los dos liberamos tensión y no nos perjudicamos. El sueño comienza a inundar mi cuerpo pero, en ningún momento, olvido aportar mis ruiditos en esta extraña conversación.
De repente, algo cambia en vez de darme la espalda y callar me planta un beso en la boca, de lo más tierno que puedo recordar. Me temo lo peor y rápidamente despego el tapón de cera de mi oído. Sólo que oigo silencio.
Ahora soy yo el que me paso toda la noche en vela pensando en la que me habrá caído. He despertado la paz en la cama a cambio de haber dicho SÍ (más bien gruñido) a algo que ni sé lo que es… Cojones, menuda papeleta.
Hay un par de fiestas en el año en las que siempre me planteo algún tipo de propósitos con cierta antelación. Una de ellas es san Valentín pero visto que en los últimos años (digamos quince) no me ha acompañado nada ni nadie, he dejado de desear celebrarla con pareja.
La otra fiesta por excelencia es la de nochevieja, la de paso de un año a otro que siempre me ha apetecido cruzarla con alguien y salpimentarla con un poco de sexo… Como mi suerte (la mala suerte, se entiende) me debe acompañar también para nochevieja yo prometía, y prometía hasta que… hasta que nada y que de vuelta a casa sólo.

A mitad del calendario se me ha cruzado la fiesta del Orgullo aquí en Madrid, y me recuerda a una mezcla de las dos anteriores. Un anhelo por celebrarla en compañía y unas ganas de pasarlo entre bien y muy bien.
Lo primero que te das cuenta es lo mucho que se enseña (cada vez más) y no sólo esos dioses de gimnasio. Pero como uno se ve más del montón pues baja la vista de las carrozas a tierra para no marearse demasiado. Y una vez en tierra pues se junta todo, me han ofrecido sexo, popper, tríos todo en ello en diversos idiomas… Mi problema: que yo lo prefiero todo un poquito más repartido a lo largo del año, total que nunca llueve a mi gusto… ains.