Everything but temptation

Septiembre 27, 2009

Relato: Del corte de mangas al corte de pelo

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El despertador le descubrió con pocas ganas de ir a currar e incluso peor cara. El sábado no era el mejor día para estar trabajando en una peluquería, y nada podría salvarla de acabar con pies molidos y manos doloridas.

Hasta que se obró el milagro, una fuerte tromba de agua se inició de camino al centro que leacabó por despertar e hizo también que asomara una sonrisilla a nuestra protagonista. Llegó empapada pero sabedora de que su estrella había cambiado por la suerte meteorológica. Como no podía ser de otra manera el teléfono comenzó a sonar para anular citas varias de pelu, pedi y bisílabos varios. Todas mujeres, a pesar de anunciarse como peluquería mixta pocos hombres osaban cruzar la puerta. Tal vez el cartel con fondo rosa ahuyentara a las fieras con melena, vamos, a ellos.

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El despertador le acabó por abrir los ojos a la realidad sería el último día que compartiera cama con ella. En vez de expresarlo con palabras se limitó, a la puerta de casa, a hacer un expresivo corte de mangas. La tarea se completó con un sms en el que simplemente decía ‘ya volveré a recoger mis cosas’.

Había llegado el día D, y estaba resuelto a un cambio radical. Mientras iniciaba el paso hacia el centro unos truenos anunciaron la que se avecinaba. Estaba claro hoy era día de tormenta para todos.

Sin rumbo claro se resolvió aventurarse en lo que había deseado durante toda su puta vida. Hacer cosas estúpidas sin que una voz cansina le recriminara eso mismo, lo estúpido de la situación. Así, empapado y con ganas de aventura se encontró en medio de la calzada. A un lado un garito de mala muerte que auguraba mañana de resaca, un clásico. Justo enfrente una peluquería con un cartel rosa. La decisión estaba clara, iría a desmelenarse. Primero un par de copas para empezar bien la mañana.

La única persona visible era una chiquita mona que se mordía las uñas. Ante mi presencia apartó las manos de su boca y mostró una bonita sonrisa, casi-casi de felicidad.

Descansando sus posaderas sobre la butaca mataba el tiempo mordiéndose las uñas. Habían transcurrido un par de horas y ni un cliente había asomado por la puerta. Esto debía de ser muy próximo a lo que llamaban felicidad… Alertada por el chillido de la puerta giró la vista y descubrió a un buen mozo que daba la sensación de haber dejado un gran peso atrás. Mientras se ponían manos a la obra él pensaba: estará casada pero no le gusta trabajar con alianzas ni anillos. Ella sencillamente, será maricón. Quién si no pediría un corte tan próximo al cero.

Si bien el lenguaje corporal, ése que no necesita de palabras, comenzó a fluir. Sería el involuntario roce de sus cuerpos en todo el proceso. O los efluvios de perfumes (y algún que otro alcohol) mezclados con olor a lluvia. O las pasiones soterradas tan próximos a un sábado noche.

Ella sugirió rematarlo con un masaje capilar, él se dejó arrastrar por sus manos. Ella pensaba en un número de teléfono, él en una (y muchas) noches para el recuerdo…

Tal vez porque el masaje se había extendido ahora al cuello, tal vez porque el tiempo pareciera no correr para él, tal vez porque ella anhelara rematarlo ahí mismo con un beso. El agua fría puso fin a todas esos momentos. Ella alzó la voz, son quince cincuenta. Él replicó, necesitaré un champú para el pelo.

La noche del sábado la pasó mordiéndose las uñas pensando en su cuello. Él, tirándose de los pelos. Quería para sí a aquella peluquera pero la resaca y desmemoria se interpondría entre ellos. La noche le despertó agarrado a un bote de champú e involuntariamente con las manos en el pelo. Nervioso por hacerlo crecer a golpe de tirones, impaciente por poder repetir todo aquello.

Septiembre 19, 2009

Relato: ¿Cuánto llevamos saliendo?

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Mi respuesta, ‘apenas un día, si nos conocimos ayer, a última hora en la disco…’. La luz del mediodía nos descubría desnudos sobre su cama.

Esbocé una sonrisilla medio tonta mientras observaba cómo se le encrespaba el vello ante mi respuesta al tiempo que un brillo especial se desprendía de sus ojos. Acto seguido extendió sus brazos y me plantó un beso para el recuerdo. Daba esa impresión de conducir a algo duradero en lo que no era otra cosa que el efímero encuentro de una noche, al menos, de momento.

¿Cuánto llevamos saliendo? ‘Un año, dos meses y tres días…’. Se repetiría la misma escena a mi respuesta, emoción y luego ternura, sellada con un beso. Lo que parecía un encuentro carnal, como otros muchos, se había convertido en una relación estable donde, en ocasiones, las palabras sobraban y gestos como el de hacía unos instantes significaban todo (y más) de lo que había entre nosotros.

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Me había acostumbrado a esa pregunta, que me repetía sin motivo alguno. Lo curioso es que yo respondía con frialdad matemática pero con ansias de recibir mi premio. Y es que por mi parte me quedaría toda una vida recogido en sus brazos, atrapado en sus besos.

¿Cuánto llevamos saliendo? ‘Doce años y seis días…’. Su pelo había comenzado a blanquear, sus entradas eran ya prominentes. Hasta asomaba alguna larga arruga en su frente pero el brillo de sus ojos no había cambiado, ni tampoco sus tiernos besos.

¿Cuánto llevamos saliendo? ‘No hables, sabes que el doctor te ha dicho que no debes hacer esfuerzos…’. Devolvió la mirada y no me pude resistir a responder en susurros al oído ‘Cuarenta, hoy hace cuarenta años…’. El momento quedó interrumpido, un zumbido de una de las máquinas del hospital llenó la sala de médicos. Me quedé sin ese último beso. Tuvieron que pasar cuarenta años para descubrirme solo en la vida ya sin su última muestra de cariño.

Septiembre 8, 2009

Relato: luna de verano

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Allí estaba, recién llegado a la playa desde la gran capital. Al final no pudo ser hacerlo acompañado así que me llené de valor y, por primera vez en mi vida, me dispuse a disfrutar de mis vacaciones en soledad.

Oscurecía en una noche de verano por la que asomaba ya una enorme luna. Lo había escuchado en la radio del coche, la noche sería mágica. Así lo imaginé en mi lugar de acogida, un tranquilo pueblecito en el sur de la península.

Viejas leyendas harían de la playa a medianoche un lugar de reunión. Como todo tenía su precio, cabía la posibilidad de hacer realidad tus sueños por una noche a cambio de una mínima tarifa que el mar se cobraría. Pero ese precio no estaba claro pues dice la leyenda que algunos lo habían pagado con la vida.

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Arrastrado por el mito y mi necesidad de ver un mar, del que tanto tiempo había estado alejado, llegué hasta su orilla. Viejos y chavales disfrutaban de la puesta de sol en grupitos de los que me sentí extraño, tanto como la incipiente sensación que me comenzaba a envolver, la maldita soledad.

La noche invitaba a pasear. Yo mismo me vi iniciando un paseo que se convirtió en caminata. Llegado un momento me encontré ya lejos del griterío, solo el mar se interponía entre la luna y mi soledad. El reflejo blanco fundido sobre el agua se tornó en un seductor baile. Algo me arrastraba hacia el agua y me decía que era allí donde debía estar. Me quité la poca ropa que tenía y desnudo me dirigí con los brazos extendidos hacia el mar quien me envolvió con sus olas…

Nadie supo explicar cómo regresé a la orilla. Sólo diré que los paisanos del pueblo rodeaban, cual bicho extraño, mi cuerpo tumbado sobre la playa a la mañana siguiente. Hasta que alguien se atrevió a tantear con su bastón por si aún estuviera vivo. Y sí lo estaba, por lo demás no supe nada de mi ropa ni de los recuerdos de aquella noche, supongo que se los cobró el mar. Eso sí en mi mente quedó grabada una extraña sensación de placer mientras los dulces susurros de otra persona no paraban de repetirme: ‘abrázame, abrázame con más fuerza…’.

Agosto 18, 2009

Relato: una gotita de mi corazón

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Alguien rompió su corazón la víspera del día de san Valentín. Pensó que sería díficil recomponer los miles de cachitos punzantes que sentía en su pecho. Presionaban por salir y no por volver a su estado original de persona alegre y un poco soñadora.

Campechano y sencillo, no quería más que le pasaran la mano por su espalda en el momento antes del sueño cuando la noche de invierno los juntaba un poquito más bajo la misma sábana. Cada mañana era el primero en despertar, y pronto acostumbró a sus pupilas, y a su corazoncito, a esa primera imagen del día junto a ese alguien.

La noche de camino al catorce de febrero le costó dormir, su espalda estaba fría a pesar del edredón. Su corazón latía pero de otra manera. Su rostro se sentía aún ardiente de rabia y de lágrimas rotas. Las pupilas le delataron esa mañana, no supieron reconstruir esa imagen que ya no se repetiría y a la que estaban tan acostumbradas. Puede que también colaborara una lagrimilla perdida…

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Se decidió a renovarse por fuera y por dentro. Una ducha fría en pleno invierno y por qué no un caprichito de camino al hospital donde trabajaba. Era más temprano de lo habitual y no había nada abierto. Hacía frío y aún le quedaba media hora para fichar así que tras una rápida mirada se cobijó en el grupo de hemodonaciones, recién inaugurado.

Le sorprendió una sonrisa cálida a la entrada, la que parecía la única persona en el lugar. ‘Buenos días, sí que hemos madrugado. Estamos recién abiertos’. Balbuceé un ‘…días’ y su gentil mano me condujo a la sala con un ligero toque en mi espalda. En ese instante mi corazón latió con fuerza.

‘Si me vas rellenando este formulario, la doctora vendrá en breve’. No era mi intención donar sangre, pensaba para mis adentros, pero sólo volver a sentir mi corazón tan vivo merecería la pena así que añadí ‘soy médico, trabajo aquí mismo’. ‘Pues entonces túmbate’ añadió junto a un nuevo roce en mi piel…

Desconozco si fue el contacto físico de mi brazo con su mano cubierta de latex. O si fue su semptierna sonrisa en todo el procedimiento. O la mezcla de profesionalidad y cercanía, su calor. No cruzamos más palabras en el proceso, sólo miradas. Al finalizar una palmadita en la espalda: ‘Y recuerda nada de ejercicio físico en el día de hoy (si supiera…). Y lo más importante: Vuelve!’

No supe cómo reaccionar, si acaso se refería a cuando acabara su turno o al cabo de seis meses para la próxima donación…

Agosto 11, 2009

Relato: Claro de luna – Moonlight sonata

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He recibido un relato que dice estar basado en el escrito del músico Enrique Baldovino: Beethoven pasaba por unos días de profundo decaimiento debido al fallecimiento de su protector, un príncipe de Alemania, que era como un padre para él.

El joven compositor sufría una gran carencia afectiva, pues su padre fue un alcohólico contumaz y lo agredía físicamente. Falleció en la calle, por causa del alcohol. Su madre murió muy joven. Su hermano biológico nunca lo ayudó en nada, y, a todo esto se sumaba, el hecho de agravarse su enfermedad. Síntomas de sordera, comenzaban a perturbarlo, al punto de dejarlo nervioso e irritable.

Beethoven solamente podía escuchar usando una trompetilla en el oído. Él cargaba siempre consigo una pizarra o un cuaderno, para que las personas escribiesen sus ideas y pudiesen comunicarse, pero se desesperaba.

Notando que nadie lo entendía, ni lo quería ayudar, Beethoven se retrajo y se aisló. Por eso conquistó la fama de misántropo. Por todas esas razones, el compositor cayó en una profunda depresión. Llegó a redactar un testamento, diciendo que se iba a suicidar.

El ánimo e inspiración le llegaría de quien menos lo esperaba, una chica ciega que vivía en la misma modesta pensión, a donde Beethoven se había mudado. Esta chica le dijo una vez casi gritando: “Yo lo daría todo por ver una Noche de Luna Llena”.

Al escucharla, Beethoven se emociona hasta llorar. Por lo menos, él podía ver. El podía escribir su arte en las partituras. Recuperó la voluntad de vivir y se propuso hacerle sentir a la chica, mediante su música, lo que no podía ver. Para ello introdujo en su tema, una melodía que imita los pasos vagos de quienes llevan el féretro mortuorio de su príncipe protector.

Acordándose de la chica ciega, como preguntándose el por qué de la muerte de aquel mecenas tan querido tradujo, a través de la melodía, la belleza del cielo plateado en una noche bañada por los claros de luna para alguien que no podía verlo con los ojos físicos. El resultado fue una de las piezas musicales más bellas de la humanidad: la sonata “Claro de Luna”.

Algunos estudiosos en música dicen que las tres notas que se repiten, insistentemente, en el tema principal del primer movimiento, son las tres sílabas de la palabra “¿por qué?” en alemán.

Y todo gracias a aquella chica ciega, que le inspiró el deseo de traducirle, en notas musicales, una noche de claro de luna…

Agosto 8, 2009

Relato: el sexo perjudica seriamente a la salud

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Llegó el día de la confirmación oficial, la combinación de sexo y tabaco perjudicaba seriamente a la salud. Se decidió informar a los medios y a la ciudadanía un fin de semana para no generar un exceso de alarma. En un mes, los condones llevarían los mismos lemas que las cajetillas de tabaco nos tenían acostumbrados…

El estupor fue general pero siempre existió la sospecha. Los casos se habían multiplicado desde comienzos de siglo y las pruebas ahora resultaban más que evidentes. Se recomendó la sencilla regla de optar por uno o por otro, tabaco o sexo, sexo o tabaco.

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Yo lo tuve claro desde el principio sexo, sexo, sexo. Es más, no llegué a probar el tabaco salvo unos pocos porros en la adolescencia a los que no sube sacar demasiada sustancia… Pero el lunes se presentaba terrible, para entonces sería evidente que la gente habría tomado una decisión. El humo de los cigarros por la calle llevaría a identificar a los valientes que habrían decido seguir adelante con su vicio y renunciar al otro. Las miradas se fijarían en bolsos y bolsillos para comprobar si contenían o no cajetilla. Si el bulto que asomaba era el del vicio, o era otro.

Chequeé en mi memoria, uno a uno, los nombres de mi chorvo-agenda para poder valorar los daños, y pronto me di cuenta de que más del setenta por ciento fumaba. Me dio tal bajón que casi pierdo el sentido. En la agenda había nombres irrenunciables de los que aún no sabía cómo me iba a poder privar. Fue tal el estado de nerviosismo que mi acompañante en la cama me sorprendió al alzar su voz: “Tranquilo, verás como todo se calma. ¿Un cigarrillo…???”.

Julio 20, 2009

Relato: a dos velas

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Me fijé en un curioso detalle de su apartamento, ese par de velas situadas sobre un televisor que nunca veía. ¿Un olvido, un detalle decorativo,…? O, tal vez, que inconscientemente un día decidió apartar ciertos objetos que sencillamente no veía su vida. La tele con su mando, y alguna que otra cosilla a la que alcanzaba ya el polvo de lo lejano. Por ejemplo, unas velas con todo lo que hay detrás y pocos veían: una relación de pareja, eso tampoco lo veía.

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Recordó que en las pelis, siempre hay esa típica escena romántica a la luz de las velas. Y entre que las horas de sol en verano se prolongan y que la noche las pasaba pensando en lo que no tenía ni podría compartir, pasaban y pasaban así los días del calendario.

Supongo que tenía todos los ingredientes, bastaría con recurrir al frigo, encender el horno, tomar las velas y encender también éstas. Reducir la luz de ambiente, tomar también una mesa y dos sillas para darse finalmente cuenta de que todos y cada uno de los pasos era perfecto, pero que esos ingredientes no servían para llenar ese vacío que tenía dentro. Tan vacío como esos objetos que seguían sin aportar nada a su vida, una tele con su mando y un par de velas hacía largo tiempo… apagadas.

Junio 3, 2009

Relato: Esas personas mayores

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Era una persona mayor pero suficientemente válida y lúcida para defender su independencia. Pequeñita y menuda, enviudó a los sesenta y los hijos pensaron que, tal vez, su destino estuviera más cómodo en uno de sitios con gente de su edad. La situación llegó a ser asfixiante y en la familia tomaron su edad como un argumento para golpear contra lo que había sido toda su vida… Una modesta ama de casa que sacó adelante cinco hijos y que se revolvió para defender lo que era suyo su día a día en la casa, sus largos ratos sobre la butaca oyendo la radio y su chocolatito bien caliente los fines de semana.

Pasaron más de veinte años y lo que era un compromiso familiar de verla todos y cada uno de los días por alguno de los hijos, se fue diluyendo hasta pasar semanas sin ver a nadie de la familia. Yo mismo mostraba una absoluta desgana cada vez que me enviaban a realizar algún encargo y, de paso, comprobar cómo andaba. Me sentaba junto a la butaca y respondía a las típicas preguntas sobre los estudios y la novia. Hasta que llegó aquel verano tan caluroso, y empecé a trabajar en la panadería.

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Me comprometí a subir a mi abuela el pan cada día al cerrar la tienda. Al cabo de los días las preguntas, por repetidas, cesaron y nos envolvió un relajante silencio. Al tiempo, la antigua casa parecía exudar un agradable aire frío en medio de la canícula,  serían sus gruesas paredes qué sé yo.

Uno de esos días ella encendió la radio y saltó un programa de esos sobre viejas canciones, para mí desconocidas, de tiempos pretéritos y que se supone fueron mejores. Con los días, yo me sentía cada vez más a gusto en su compañía con las canciones de fondo. A veces, mi abuela me cogía la mano desde su butaca y me apretaba al ritmo de esos sones. En otras ocasiones, sencillamente me sonreía y para ello arrugaba si cabe más su carita para descubrirme una radiante sonrisa. Siempre parecía que quería decirme algo, algo más.

Lo que ocultaba es que sus movimientos eran, cada vez, más lentos y, quizá, más imprecisos pero podía seguir defendiéndose sola. Lo que ocultaba es que, reflejada en el espejo del recibidor, descubría cómo su rostro cambiaba y se animaba todos y cada uno de los mediodías que yo aparecía por su casa con un sonoro ‘hola, abuelita’.

 

Podría acabar esta historia diciendo que un día no me esperó en el recibidor. Diciendo que sí había música pero ya ella no entre nosotros. Diciendo que su mano fría estaba extendida hacia la silla que yo siempre ocupaba. Diciendo que para mi desgracia ese instante le llegó con esa silla vacía.

Mayo 25, 2009

Relato: Dos lunas (vidas cruzadas)

 

[Me lo había prometido una y otra vez, sin acabar de sacar el coraje suficiente para dar voz a aquello que me oprimía. Sabía que había otra persona y tendría que decidir, o él o yo. Parecía de lo más sencillo, parecía…

Necesitado de una terapia, me armé con un rotulador (mi arma de trabajo pues me dedicaba a escribir relatos) y desesperado, mirando a un lado y otro de la casa, sólo alcancé a a tachar de mi vida el día de hoy en el calendario, entonces era 1 de agosto.

Mi extraño subconsciente reaccionó y le sirvió de medicina pues a medida que se sucedían los días tachaba con más energía. Día tras día reuní fuerzas y el 27 de agosto fueron suficientes para poner las cosas claras, ni el otro ni yo, ‘fuera de mi casa…!!!’]

Había soportado toda una larga tarde en consultas del hospital, salvo la última hora que me habían pasado a hemodonaciones. Era pleno agosto y aquello estaba desierto, tan sólo había aparecido un niñato para recoger sus resultados. Parecía alterado, y se notaba, pues unos cercos de sudor asomaban a la altura de las axilas, algo imperdonable para un pijo semejante.

Desgarró el sobre, y no debió entender nada, ‘además primerizo’ alcancé a decirme a mí mismo. Acostumbrado a este tipo de situación, señalé con mi dedo donde lo había hecho en tantas otras ocasiones: Prueba del VIH, negativo. Balbuceó unas palabras entre las que creí entender un gracias y desapareció.

[Me sorprendí de lo rápido del proceso, casi instantáneo. Esa misma mañana había empaquetado sus cosas y se marchó con lo esencial. Dejó amontonadas un buen puñado de cajas para otro día que yo me preocupé de hacerlas desaparecer de mi vista bajándolas al trastero.

Y con la casa semi-vacía yo me sentí pleno, incluso lleno de un extraño orgullo, de algo que me había llevado 27 días decidir...

Y con él se marchó mi tensión, y yo renové mi inspiración.

Esa misma tarde escribí un curioso relato de vidas cruzadas con una extraña sensación muy dentro. Y hubo más, tan libre me sentí que hice una locura y me inscribí en una de esas páginas de contactos. Mis manos se mostraban nerviosas ante el teclado, tenía ganas de relatar mi nuevo yo.  Con poco que decir sobre mi estado actual opté por usar una célebre cita de Oscar Wilde: I can resist everything but temptation…]

Así que me quedé sólo en planta con un ordenador y el aire acondionado por toda compañía. Repasé en mi cabeza lo que haría esa noche llegar a casa, cambiar el uniforme por unos bóxer, cenar medio sándwich, encender la tele, coger el sofá y roncar hasta el día siguiente. Una extraña sensación recorrió mi cuerpo y no precisamente fría que cargó y  trasladó toda su energía a mi entrepierna… Lo que me faltaba, hacía que no mojaba desde primavera y por muchas señales que me diera mi segundo yo, ahí abajo, esta noche tampoco habría mucho que hacer.

Con la tontería inicié en el PC una sesión en los perfiles, que ya tenía olvidados. Como era 27 de agosto aparecían cuatro gatos, seguro que todos más pringados que yo. Pasé de un tal ‘Óscar Mayer’ y similares (qué poco ingenio en esto de los nick) hasta determe en el único en inglés ‘…everything but temptation’. Mi corazón palpitó y mi cabecita (ya no sé si la de arriba o la de abajo) lo tradujo al instante ‘todo salvo la tentación’, y de lleno que caí…

Mayo 24, 2009

Relato: Dos lunas (más)

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Nunca olvidaré esa primera sensación, en lo íntimo. Nos habíamos conocido esa misma noche, y ya entonces decidimos compartirla en la cama. Pero desde el primer instante todo fue distinto, las connotaciones sexuales desaparecieron para dejar paso a lo que muchos llaman y pocos experimentan… hacer el amor.

Era la forma de rozar con sus yemas cada centímetro de mi piel, era ese ligero temblor que precedió a la penetración, era su mirada extasiada de placer que sólo a mí me dedicaba, eran esos movimientos pausados pero constantes que nos llevaron a lo más alto, era esa sensación de querer atrapar ese instante… Recuerdo el momento de después en que todo quedó en calma y el instante envuelto en un par de palabras, abrázame fuerte.

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Dicen que hay experiencias que sólo se gozan una sola vez en la vida, un instante que para cuando nos queremos dar cuenta está ya lejos del alcance de nuestras manos y que sólo quedará en nuestra memoria. Aquí lo he querido inmortalizar con un puñado de detalles, con una palabra por cada vez que mi corazón palpitó aún más fuerte. Aquella misma noche entreabrí los ojos para comprobar que no se trataba de un sueño y que de verdad abrazaba lo que mi deseo anhelaba, era un 27 de agosto.

 

El próximo 27 de agosto, a medianoche, al mirar al cielo observaremos que el planeta Marte será la estrella más brillante en el cielo, será tan grande como la luna llena. Será como si la Tierra tuviera dos lunas. Está previsto que la próxima vez que este acontecimiento se produzca sea en el año 2287.

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