Esta noche cambian la hora, y disfrutaremos de sesenta minutos extras. Cada año por estas fechas me gusta plantear la misma pregunta: de regalarnos una hora qué haríamos con ella, en qué la emplearíamos, con quién…
Mmmm, la velocidad con la que nos conduce este mundo moderno nos hace perder esos pequeños instantes de placer, de enorme satisfacción que sencillamente se evaporan por las prisas. En muchas ocasiones NO dedicamos unos minutos a lo que de verdad nos haría despertar una sonrisa o una enorme sensación de bienestar…
Este año lo tengo claro lo invertiría en caricias.

Sería capaz de llevarlas a cabo durante una hora (y más) sin necesidad de cruzar ninguna palabra. Y es que he descubierto esta última temporadilla que tengo esa carencia ya no sé si afectiva, o de contacto con lo humano. Ains, que la mano de otra persona pase por mi cabeza y se entretenga jugueteando o que se dedique a recorrer la piel por todo mi cuerpo…
Será porque se encuentra entre ese puñado de cosas que cuando surgen sin pedirlo hacen que mágicamente se congele el tiempo. Será porque siempre quieres repetir. Será porque las cosas que no cuestan dinero anhelas que las envuelvan y te las regalen en forma de sesenta minutos (y más). Os invito a probarlo…






