La película La Linterna Roja contiene una curiosa paradoja, de trama sencilla una joven se convierte en la cuarta esposa de la casa de un señor de la guerra. El señor decide diariamente dónde dormirá cada noche, iniciando así el rito de un masaje en los pies y encender las linternas, y una mayor atención por parte de los criados. Forzadas a competir entre ellas, las concubinas tratarán continuamente de ganarse la atención y el afecto del marido.
El detalle viene en el masaje. Cuando quedan fuera de la elección diaria de su marido, una extraña sensación recorre sus pies. Es el no-masaje que las impulsa a retorcer los pies (y seguro que algo más en el interior), es quedar fuera de ese rito preludio de placer (y poder).

Desde que comparto noches con un fumador me he acostumbrado a ese (para mí) extraño rito del cigarro de después que además suele llevar por costumbre intercambiar algunas palabras… Entre susurros tras la pasión y frenesí me reconoce que alguna vez le han preguntado por el placer que significa ese cigarro de después, su respuesta ‘es un segundo éxtasis…’, tal vez exagerando pero le encuentro sentido.
Lo que desconoce es que mis poros, y mi yo, hemos asimilado ya una cierta dosis de nicotina en mi piel, que cuando lo veo fumar a diario rememoro escenas de placer y que cada uno de sus cigarros me ayuda a evocar lo que sucederá más tarde esa misma noche y otras que le seguirán.
Es ya de noche y la escena se repite, desconoce que cuando termine ese cigarro (que cree el último) querré más, y que a su éxtasis le va a tener que añadir un cuarto (el tercero lo pongo yo) y quién sabe si más porque ese humo me pone a mil y ahora mismo no paro de retorcer mis pies. Lo tengo claro, antes que retorcerme pongo solución al problema, allá voy.






