Aquellos que me conozcáis sabéis que sólo me relajan dos cosas el gimnasio y… bueno, centrémonos en el gimnasio. Hace dos semanas disfruté de algo que hacía años no disfrutaba, una sauna en condiciones en el gym.
Allí estaba la puerta con un cristal empañado que me miraba desde el otro lado mientras la condensación del lugar perlaba la superficie que se atisbaba. Oí su llamada y me quedé, desnudo a pesar del cartel ‘utilice una toalla’. Al principio estaba sólo luchando contra mí, luego en compañía luchando por mirar los bonitos azulejos blancos y mantener mi hombría a raya al tiempo que sumaba minutos de sudor sin lágrimas.

Me cautiva sensación que te envuelve nada más entrar en el recinto, esos gotones que ruedan por la piel y que pronto te empapan. Ver correr mi sudor y acostumbrarse rápidamente a una situación que de primeras rechazas (lo siento pero me recuerda al sexo). Descubrirme desnudo como no lo hago nunca, sin poca cabida para pensar por lo opresivo del ambiente y con nada que hacer salvo esperar pacientemente a la ducha fría y que mi cuerpo haga el resto.
Me recuerdo un sábado a las seis de la mañana intentando regresar con alguien que sólo trata de convencerme en ese momento que lo que hay que hacer es ir una sauna. Tal vez, en ese momento me equivoqué pero sólo lo pude llevar a mi cama, quiero decir a mi casa.
El chorro de agua fría me devuelve a la realidad y me siento flotar, esa sensación de relax es la que buscaba. Tras acicalarme en el vestuario me dirijo a una cita, para variar llega tarde. No me importa pues busco la compañía en unas cañas. La noche me llena y también su compañía en la cama. En ocasiones me recrimina no dedicarle unas palabras en este blog y ahora está presente auque no sé por qué esta noche se ha cruzado en el recuerdo. O tal vez lo sepa, esa noche fue perfecta.
- Que el exhibicionista no pare de moverse en bolas por el vestuario. Vale que la tenga grande, o el bíceps, o lo que sea pero recuerdo que aprendí de pequeño que presumir y pavonearse era pecado…
- Que la pijitonta de la cinta de correr seleccione quemar un número justo de calorías, el mismo que disfruta en forma de barrita de chocolate cuando la veo a la salida.
- Que el tío más bueno de todo el gimnasio se ponga a estirar cuando estoy precalentando, es se me sube todo y se me calienta lo que no debe…

- Que el tío que se pone delante de mi clase de body pump guste de enseñar sus gayumbos a todos los que le acompañamos en el justo momento en que se empieza a sudar… y sigue, y sigue sudando el personaje mientras sufro tirando de pesas y conteniendo las arcadas.
- Que lleve años yendo al gimnasio y que nadie me haya dicho aún: ‘Uhmmmm, ¿tú vas al gimnasio…?’, subrayo el uhmmmm.
- Que la sauna sólo me haya servido para lo que sirven las saunas, no sé si me explico.
- Que me miren el culo cuando tiro para la ducha (pues disimuladamente siempre la dejo caer mi sobre el frente). ¡Que estamos en un gimnasio (¿un sitio decente?), dejemos las miraditas para la discoteca!
- Estar terminando de secarme y que el codo presione el botón temporizado del grifo para que un chorro de agua FRÍA empape mi toalla y hiele todo lo que la contenía (yo mismo y mi mecanismo).
PD. Estoy por darme a la bebida (o a la fotografía)…
Estoy en el gimnasio esta misma tarde y se me cruza por delante el David de Miguel Ángel, creo seriamente que es el único chico en que me he fijado en todo lo que llevamos de año (que veinte días son mucho). De veintimuchos, moreno, fibrado y con un característo pelo tipo-rasta pa’arriba (ver foto). Lo que me pone de él es su pelo.

Al tema o mejor dicho a la escena, yo tumbado tirándome el rollo haciendo abdominales y él que se pone a hacer estiramientos… y venga pa’llá que estira la pierna, y venga para el otro lado que estira más músculo y ahora que se pone en cuclillas, así veinte minutos. Mi músculo abdominal no sé pero el del ojo lo he ejercitado más que nunca…
Acabo con lo mío y tiro pa’la ducha, me relajo y es justo al salir que ahí está él con sólo un slip como doblado para adentro que hacía de la prenda medio slip (ya no sé si en una pose cuidadosamente estudiada) y el tipo que se dirige a las duchas. Mira que aún no sé cómo no le he seguido otra vez pa’la ducha para enfriarme un poco… o recalentarme del todo, qué se yo.
En fin, como andaba ya caliente recién llegado a casa no sabía muy bien cómo enfriar lo mío, y he recuperado una compra navideña de bandas depilatorias a la cera fría. He esperado a uno de los días más fríos del invierno para ello, luego he leído en las instrucciones que se referían a otra cosa con lo de cera fría. Tampoco he sabido muy bien cómo hacer eso del contrapelo… Total, que entre tira y tira se me ha recalentado mi poco velludo pecho y como ya venía con los huevos un poco cargados pues que estoy desesperado y creo que sólo cabe una solución a mi problema, sólo en la cama como estoy en esta noche fría de invierno… no doy más pistas. Besos calientes.
Me habréis notado algo tenso con la vida, y con lo mío estas últimas entradas. Y para tratar de relajarme pues he recurrido al gimnasio, y creo que ha funcionado. Mi mejor momento es el último de todos, el de la ducha en el que relajo mi mente y siento mi verdadero yo. Últimamente mientras un potente chorro de agua caliente masajea mi espalda retrato a quien querría llevarme a la cama, es una opción otros piensan en fútbol. Pero es que hay más en este teatro que es mi gimnasio, ya en el vestuario he podido observar el juego de toallas que se trae el personal.

Me explico, yo la llevo pequeña (la toalla) porque tal vez tenga mucho que enseñar o que fuera a rebosar de todos modos…
Bromas aparte, sólo puedo decir que no falla, aquellos ciclados y musculados a la hora de la verdad pues que la tienen pequeña, mucho brazo tipo jamón y poco de lo otro, puro teatro. Los que se nota que van sobrados no tienen problema y andan en bolas durante minutos, los que tapan y tapan ya sabemos. Es un juego fiel reflejo de la vida misma, ocultamos nuestros defectos.
Cuando era pequeño me golpeé con una mesilla de marmol, perdí un diente y lo que lo reemplazó sirvió a muchos de apodo y mofa en clase durante largos años. Trataba de ocultar mi sonrisa y mi(s) dientes. Llegado un momento todo cambió decidí sonreír a un espejo, a mí mismo, y pronto lo trasladé a la calle y a mi entorno.
Cuando salgo de la ducha puede que ande algo morcillón (sólo un poco) pero ése también soy yo, el de justo después de la ducha. Y es lo que hay. Hace ya mucho que aprendí a sonreír a la vida, de frente.
Creo que hoy es uno de esos días en los que necesito liberarme, el esfuerzo en el gimnasio suele ayudar, la duchita justo después incluso más, llenar el estómago con una buena comida ni te cuento… Pero hoy necesito algo más, y empieza por ron y termina por em(ron)acharse.

Necesito esa liberación cuyo peregrinaje empieza rellenando las cubiteras en la nevera y pasa por el Carrefour. Mientras otros discuten su selección para la noche, yo ya estaré agarrado a mi botella de Brugal, y no la sotaré hasta escuchar el sonido de los hielos en el vaso y un chorrete que se desliza entre ellos.
Mañana me levantaré con una estúpida sonrisilla en la boca, pasaré mi mano por los labios para quitarme esa molesta baba, y ya está. Habré alcoholizado mi mente sin pensar más allá de lo que suceda esta noche de sábado, de risas y de frío, todo a cambio de apenas diez euros. Qué bien sienta.
Muchos habréis ya reconocido la dichosa operación, sobre todo aquellos que frecuenten el gimnasio. La operación polvorón es la que comienza con el año tras los excesos de las Navidades, le sigue la operación bikini de cara a enseñar chicha con el buen tiempo, y resta la de vuelta a la rutina tras las vacaciones que no me queda claro su nombre oficial y a la que llamaré vuelta al cole/curso.
En fin, que estamos todo el santo año de operación en operación y el michelín continua en el mismo sitio donde lo dejamos, eso sí, un pelín más horondo, la talla+1 del pantalón que empieza a llamar a nuestras caderas con la nueva temporada, y así un suma y sigue.
La rutina se repite en los gimnasios, están esos nuevos socios fácilmente reconocibles. Generalmente ellas se acompañan de una amiga, empiezan apostando fuerte seis meses de prepago (¡hay que dejarse la piel!), ellos no escatiman en medios y les igualan, modelo Nike integrado y deportivas a juego, se han gastado ya una pasta y no han quemado una caloría de grasa, muy mon@s ellos y ellas. Sólo moda, poco sudor.

El resto en la sala somos los de siempre, los que nos llamamos por nuestros nombres, sabemos dónde fue el/la profe de vacaciones y los que echamos en falta a menganita o fulanito. Comienza la música y el cuerpo a trabajar, todo yo soy un torrente de sudor. Extremidades, pesas y músculos se amotinan para hacerme sufrir. Una hora más tarde llegará la ducha y nos sentiremos reconfortados…. ¿seguro? Estos primeros días no siento las piernas (ni el resto del cuerpo), he identificado el esternocleidosmastoideo por su dolor contínuo, y he adoptado un andar que me obliga a cimbrear las piernas, vamos que voy como con el culo escocido. Por lo demás bien, serán apenas cuatro meses de sudor, hasta que empiece la operación polvorón…