De regreso del trabajo, descubro en la calle a un abuelo agarrando las pequeñas manos de su nieta mientras ella se queja de frío. Todo el abrigo de unas grandes manos rodea sus manitas para alejar esa sensación que nadie nos ha enseñado a combatir en soledad.
Para no ser menos mis orejas y mejillas se quejan de eso mismo, y gritan hasta ponerse rojas en busca de una imagen tan tierna como el roce (y calor) de una mano ajena sobre mi rostro.

Por supuesto, sueño despierto pero mi cabeza no se detiene ahí y ahora comienza a enumerar todo lo que va encontrando frío una vez llegado a casa: un sofá, una cama, qué diablos incluso toda una casa son elementos que con el frío se disfrutan de otra manera, y siempre mejor acompañados.
Qué tendrá el invierno que busca algo tan sencillo como el contacto con otro. Lo tengo comprobado, mi cama en verano no se siente de la misma manera que esta noche. Paso la mano por ese otro lado de la cama (el que siempre está vacío) y se hace más presente que nunca, la realidad. Que estoy solo, que ese otro lado esta frío…







