Era una persona mayor pero suficientemente válida y lúcida para defender su independencia. Pequeñita y menuda, enviudó a los sesenta y los hijos pensaron que, tal vez, su destino estuviera más cómodo en uno de sitios con gente de su edad. La situación llegó a ser asfixiante y en la familia tomaron su edad como un argumento para golpear contra lo que había sido toda su vida… Una modesta ama de casa que sacó adelante cinco hijos y que se revolvió para defender lo que era suyo su día a día en la casa, sus largos ratos sobre la butaca oyendo la radio y su chocolatito bien caliente los fines de semana.
Pasaron más de veinte años y lo que era un compromiso familiar de verla todos y cada uno de los días por alguno de los hijos, se fue diluyendo hasta pasar semanas sin ver a nadie de la familia. Yo mismo mostraba una absoluta desgana cada vez que me enviaban a realizar algún encargo y, de paso, comprobar cómo andaba. Me sentaba junto a la butaca y respondía a las típicas preguntas sobre los estudios y la novia. Hasta que llegó aquel verano tan caluroso, y empecé a trabajar en la panadería.

Me comprometí a subir a mi abuela el pan cada día al cerrar la tienda. Al cabo de los días las preguntas, por repetidas, cesaron y nos envolvió un relajante silencio. Al tiempo, la antigua casa parecía exudar un agradable aire frío en medio de la canícula, serían sus gruesas paredes qué sé yo.
Uno de esos días ella encendió la radio y saltó un programa de esos sobre viejas canciones, para mí desconocidas, de tiempos pretéritos y que se supone fueron mejores. Con los días, yo me sentía cada vez más a gusto en su compañía con las canciones de fondo. A veces, mi abuela me cogía la mano desde su butaca y me apretaba al ritmo de esos sones. En otras ocasiones, sencillamente me sonreía y para ello arrugaba si cabe más su carita para descubrirme una radiante sonrisa. Siempre parecía que quería decirme algo, algo más.
Lo que ocultaba es que sus movimientos eran, cada vez, más lentos y, quizá, más imprecisos pero podía seguir defendiéndose sola. Lo que ocultaba es que, reflejada en el espejo del recibidor, descubría cómo su rostro cambiaba y se animaba todos y cada uno de los mediodías que yo aparecía por su casa con un sonoro ‘hola, abuelita’.
Podría acabar esta historia diciendo que un día no me esperó en el recibidor. Diciendo que sí había música pero ya ella no entre nosotros. Diciendo que su mano fría estaba extendida hacia la silla que yo siempre ocupaba. Diciendo que para mi desgracia ese instante le llegó con esa silla vacía.






